El final del verano… llegó.

Todo lo bueno se acaba y este verano del 2018 no podría ser la excepción. Han sido unas fructíferas vacaciones para reencontrarse con la familia, los amigos y las tierras gaditanas que no frecuentaba desde hacía 7 años.

Durante este periodo de descanso, entre gin tonic y pescaito frito, he tenido ocasión de pensar cómo afrontar el año que ahora empieza. Cronológicamente, el año empieza el uno de enero pero, de verdad, el año comienza ahora: el 1 de septiembre. El comienzo del curso es el comienzo del año, y más si te dedicas a la docencia como yo.

En este nuevo comienzo, renace la intención de ser un poco mejor, en todo, que antes. Este año seré un mejor profesor, más accesible a los alumnos, tendré más paciencia,  me informaré más para poderles transmitir mis conocimientos y vivencias, pondré en práctica nuevas metodologías de aprendizaje que hagan más divertidas las clases….etc. En definitiva, intentaré ser una mejor versión de mi yo del curso pasado.

Además de estos pensamientos de mejora profesional, me asaltan los otros  ya clásicos, entre los que destaca el que es producto de los remordimientos derivados de los excesos del verano: hay que mejorar la forma física.  Sobre todo, cuando uno está rodeado de locos runners que no hacen más que correr como si les persiguiera alguien. No se que le ha dado a mi generación que se han puesto todos a correr.

Dicen que eliminas toxinas, generas endorfinas y te sientes mejor . Haré el propósito de intentar hacer más ejercicio, pero sobre todo lo haré por coquetería personal, dado que cada año que pasa voy subiendo un kilo en mi peso que se consolida año a año, y no hay manera de rebajarlo.

En definitiva, volvemos a la carga con las pilas cargadas, con ánimos renovados y con ganas de que este curso sea un curso satisfactorio para todos. Eso os deseo a vosotros también. Uno pondrá el granito de arena que corresponde. Porque como decía aquel: El que hace TODO lo que puede, no está obligado a más… ¡¡¡A currar!!