El coronavirus y algunas enseñanzas

Escribo este post después de más de 15 días de confinamiento en casa por la pandemia del coronavirus. Afortunadamente todos estamos bien y, de momento, no hemos sufrido ningún revés familiar de importancia. Eso sí, algunos amigos y familiares más lejanos si están sufriendo en este momento los rigores de la enfermedad. Para ellos un abrazo fuerte.

En mi caso, creo que tal vez en este periodo de confinamiento no he sido todo lo solidario con el que sufre, y me explico.

La cosa empezó en China, y yo pensaba: “Este país está muy lejos y esa enfermedad no nos llegará”. Veía el confinamiento estalinista de Wuhan (11,08 millones de habitantes) como una medida algo exagerada y tal vez como una cosa “pintoresca” de estos señores asiáticos tan escrupulosos a los que les gusta tanto llevar mascarillas. La sensación de ese momento era la tranquilidad y la confianza en los servicios sanitarios mundiales y en la negación de algún perjuicio personal. Estaba seguro de que en el trayecto desde China hasta España alguien derrotaría a esta enfermedad.

La intranquilidad empezó a llegar cuando el coronavirus comenzó a expandirse por Italia. Este es un país cultural y económicamente hermano. Fue en este momento cuando mi cabeza, como supongo de las de todos los españoles, empezó a pensar en aquello de<em> “cuando las barbas de tu vecino veas…..”.</em>Pero aun así, mi anacrónica mente pensaba que en un país del “primer mundo”, las cosas serían distintas. Pero está visto que me equivoqué.

Finalmente, solo cuando los muertos han sido “nuestros” he sentido en profundidad los resultados de esta tragedia y las horribles derivas que esta pandemia mundial nos va a ocasionar. No sólo desde la perspectiva sanitaria (más de 12.000 muertos hasta ahora), sino desde una perspectiva más general y global que es la económica.

En esta progresión en tres fases: desde la insensibilidad ante los fallecimientos en China hasta los que se producen en España, pasando por los italianos; me he dado cuenta de cuanto nos cuesta ponernos en la piel de los demás. Sólo cuando las cosas nos afectan directamente somos capaces de comprender las dimensiones reales del dolor y somos capaces de ser verdaderamente sensibles.

Afortunadamente, hoy las espantosas gráficas de fallecimientos por esta enfermedad empiezan a tener pendiente descendiente. Es decir, nos alegramos de que los 673 muertos de hoy no sean los más de 900 de días atrás…. Pero me llama la atención que manifestamos las terribles noticias de los cientos de muertos con la frialdad propia del militar en combate que cuenta sus pérdidas como “bajas en el combate”.

Esta falta de sensibilidad me hace pensar que, con los años de bonanza, de estabilidad y de ausencia de peligro hemos desarrollado una epidermis muy gruesa. Que mientras las cosas no nos sucedan a nosotros, podemos estar tranquilos. Como lo estábamos cuando estas cosas les pasaban a los chinos o a los italianos. Nosotros a lo nuestro.

Los momentos difíciles nos “retratan” a todos.

La adversidad a veces pone a cada uno en su sitio. Hace que ante una serie de circunstancias unos se crezcan y otros languidezcan. Unos, con sus hechos no con sus palabras, dan la medida de su grandeza y otros muestren también la dimensión de su vileza.

Los héroes de hoy son aquellos que están en primera línea en los hospitales y en las residencias de personas mayores, etc. La de ellos es una entrega total. Para ellos no hay turnos laborales, no hay descanso, no hay tregua. Se lucha con uñas y dientes por cada persona: por María, por Antonio, por Cosme, y así hasta más de 12.000 etcéteras. Para ellos son personas, como su madre, como su hermano, como su tía. No son un número en una estadística.

También hay otros, un poquito más alejados del fuego enemigo, para los que ésta es una buena ocasión de mostrar que están al servicio de la sociedad, tanto desde el sector público como desde el privado:  en la escuela, la universidad, las fuerzas de orden, el ejército, las empresas o las instituciones donde su esfuerzo y su entrega es también generosa e importante para aliviar y gestionar las situaciones dramáticas que se están produciendo. Están para ayudar y servir y lo hacen con un espíritu encomiable.

Pero también estas ocasiones retratan a los mezquinos particulares e institucionales. A aquellas personas que son insensibles al sufrimiento ajeno que muestran sin pudor su falta de empatía con los que sufren. Son seres realmente despreciables que se afanan en sacar rédito particular de esta tragedia. En este último grupo incluyo a gobernantes incompetentes, estafadores, trileros de todo tipo que buscan aprovecharse de esta terrible situación. Siempre existieron los carroñeros, pero no esperábamos que los que estaban llamados a liderar esta situación se comportaran como tales.

En definitiva, menudo repaso nos está dando esta tragedia, tanto en el terreno personal como en el social político y económico. ¿Seremos capaces de extraer alguna enseñanza como personas y como sociedad?… Esa es la gran incógnita. ¿Tú qué piensas?

Más información sobre la pandemia:

https://www.elmundo.es/ciencia-y-salud/salud/2020/03/20/5e74b922fc6c839d588b45db.html

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