El final de la pesadilla se acerca

Este año pasado, el 2020, ha podido ser el peor año de nuestras vidas. Nunca, salvo aquella generación que vivió la guerra civil (que no son muchos), hemos asistido a toques de queda, confinamientos masivos de la población, ausencia de vida en las calles, comercios cerrados durante días, etc. Un año de pesadilla…. Y todo por un virus que vino de China.

Ya ha pasado un año de los aplausos a las ocho, de salir a la terraza (el que la tuviera) para poder recibir un poco de aire fresco y algunos rayos de sol, de unos momentos que han sido un reto vital muy importante y que ya nos van pareciendo muy lejanos. Seguramente, porque opera ese mecanismo cerebral de autoprotección de olvidar con rapidez los hechos traumáticos que vivimos. Sin embargo, pese a que parece que estamos saliendo del túnel, gracias a las vacunas, el coste que se está pagando por esta situación es muy alto y deja muchos damnificados por el camino.

En primer lugar, por orden de sufrimiento, las más de 100.000 familias que han perdido a un ser querido. Porque como dice la canción de Mecano: “el que muere, no vive más”. Es una perdida irreparable… y para siempre. (A los católicos nos queda el consuelo de que estarán en otra vida mejor, a los no católicos supongo que lo único que les queda es el vacío, el silencio y la nada). Tristeza.

En segundo lugar, quisiera acordarme de la cantidad de las parejas que se han roto y que no han aguantado la tensión que estas circunstancias han generado en su vida familiar o en su relación. Esta pandemia, que todavía no ha terminado, se ha llevado por delante muchos proyectos de vida en común que, por las razones que sea, no han presentado la resistencia y solidez suficiente. ¡¡¡Qué pena!! ¡¡Cuanto dolor y sufrimiento para los protagonistas y para sus entornos familiares!!. Todos conocemos lo trágico y traumático que puede llegar a ser un divorcio para unos hijos y para un circulo familiar y de amistad….¿Quién puede volver a juntar lo que se ha roto? A veces eso ya no es posible.

También, debo acordarme de las pérdidas que se han producido en la actividad económica y social. Se habla mucho  de lo cuantitativo: de la ingente cantidad de dinero perdido, del brutal incremento del paro, de la cantidad enorme de pequeñas, medianas y grandes empresas que han tenido que cerrar; en definitiva de enorme perjuicio económico que hemos vivido (aprox. -11% del PIB según el INE). Pero… ¿Y lo cualitativo?: La cantidad de ilusión empresarial tirada a la basura, la angustia de las personas en ERTE, el miedo de los emigrantes legales que trabajan en los oficios más frágiles de la escala laboral, la incertidumbre de las familias con personas dependientes, etc. Esto es terrible.

Y finalmente, para no hacer esto demasiado largo y demasiado triste, quiero centrarme en la juventud, en los estudiantes. Será que como tengo muchos en casa lo he visto muy de cerca. Han perdido un montón de experiencias de esas que no se olvidan en la vida: su graduación, su viaje de fin de curso con sus compañeros de clase, su interrail, su primer novio/a (cualquiera se pone a ligar hoy en día), sus buenas fiestas  (estas han sido sustituidos por la nada, en el mejor de los casos o por el botellón clandestino en algún parque o piso compartido, con alto riesgo de contagio). Además, a eso hay que sumar la crítica de aquellos que no nos damos cuenta que la juventud es inconsciencia, irracionalidad, hormonas a todo meter…. ahí se hunda el mundo. Nosotros también fuimos así y se nos pasó con el tiempo.

En definitiva, las “cuentas del Gran Capitán” se quedan muy cortas ante la suma de todas las pérdidas (cuantitativas y cualitativas) que esta pandemia ha generado y que todavía sigue acumulando …. ¿Alguien pagará por ello? Sería de justicia que así fuera.

Lo único que nos queda es salir a flote y volver lo antes posible a recuperar el pulso, la ilusión y la fuerza perdida (lo que no te mata te hace más fuerte). Perdonemos, pero no olvidemos. Aprendamos de la experiencia y valoremos estas cosas que a veces no apreciamos.

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