La Semana Santa, reflejo de una manera distinta de ver el mundo.

En estos días de Semana Santa hemos vuelto a ver las tradicionales procesiones deambular por todas las calles de España. En cada gran ciudad y en cada pequeño pueblo, se han sacado en procesión las imágenes que durante todo el resto del año han estado en el interior de las iglesias esperando este sublime momento de proclamar la fe del pueblo católico.

Este año ha sido especialmente importante porque esta expresión popular ha estado sometida por una pandemia que desaconsejaba la congregación de personas y el desarrollo de eventos públicos. De tal forma que esta Semana Santa del 2022 ha sido el «desquite» ante una espiritualidad recluida en las iglesias y el ámbito personal de cada feligrés.

Al observar este despliegue de catolicismo por nuestras calles a uno le da por preguntarse qué significado tiene la religión católica en nuestro país y en nuestras gentes. Nos hacemos esta pregunta porque parece que no sólo es una cuestión de fe y de creencias personales, sino que la religión católica está tan profundamente arraigada en nuestra cultura y nuestros valores que, queramos o no, nos define, y aporta una referencia esencial, para entender lo que somos y nuestro papel en el mundo.

Esto que comentamos desde la perspectiva de lo español es también extensible al mundo hispanoamericano y filipino. En estos días las procesiones se han sucedido en un ambiente de gran fervor popular en la mayoría de los pueblos y ciudades hermanas, desde la Patagonia hasta México, también en Filipinas y en el resto de lo que fue el Imperio Español. También se han podido ver en otros lugares donde la comunidad hispana tiene presencia.

¿Qué representa el catolicismo para un hispano?

Pues a tenor de lo que podemos ver hoy, sin remontarnos a épocas pasadas, e intentando mirar hacia el futuro, la visión católica (universal) podemos decir que supone para nosotros una cosmovisión particular del hombre, de la sociedad y del papel del ser humano en el mundo. Podríamos llamarla una Cosmovisión Hispana del mundo, en clara confrontación con otras que actualmente conviven con nosotros.

Desde mi punto de vista, en el mundo hay hoy tres cosmovisiones que luchan entre sí para imponerse. Estas son:

  • Cosmovisión Capitalista – Calvinista /Anglicana: Es una cosmovisión centrada en el éxito material, en la acumulación de poder y riqueza como fuente de influencia y poder transformador. Se basa en que ese éxito se obtiene su legitimidad como una bendición de Dios. Se entiende que el que posee poder lo posee porque Dios lo quiere así. En ese caso está legitimado para usarlo y someter  a aquellos que son distintos. Es una cosmovisión que se considera superior. Las demás son inferiores: pueden y deben ser sometidas. La característica fundamental es el racismo: una raza domina a las demás. Ejemplo de este modelo es la expansión territorial del mundo anglosajón: Inglés primero y norteamericano después y de otras potencias muy orgullosas de sí mismas como Bélgica con Leopoldo I en el Congo y los Países Bajos en Sudáfrica.
  • Cosmovisión Colectivista: Lo importante en esta visión es desarrollo de la colectividad (en el mejor de los casos). El individuo encuentra su función y su razón de ser en el desarrollo del bien común y la prosperidad de todos. La persona, en sus derechos individuales y en su función social, está sometida a lo que el grupo  y sus dirigentes determina. Bajo esta cosmovisión se desarrollan todos los regímenes que han considerado al individuo como un miembro de la masa. Desde esta perspectiva el individuo es percibido como un ser peligroso, ambicioso y egoísta que tiene una innegable tendencia a explotar a sus semejantes («El hombre el lobo para el hombre»). Por ese motivo, debe ser dirigido adecuadamente por una élite conocedora de lo que es bueno para él mismo y para los demás. Ejemplo de esta cosmovisión son los regímenes que se están imponiendo con gran éxito en Hispanoamérica bajo el impulso del Grupo de Puebla y el apoyo de China y Rusia.
  • Cosmovisión Hispana- católica: Es un mundo en el que los principios rectores provienen de la tradición judeocristiana. Es decir, el hombre y la mujer son criaturas creadas a imagen y semejanza de Dios y sujetos de dignidad Divina. Además, su naturaleza es tan importante que Dios mismo tomó su condición humana, padeció humillaciones tremendas en su pasión y muerte, y mostró el camino de la salvación del hombre a través de su Resurrección. Es decir, las personas no son instrumentos al servicio de un ideal superior, sino que son libres y sujetos de derechos personales inalienables por el hecho de ser hijos de Dios. Recordemos los dos principales mandamientos que dijo Jesús: «Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo«. La finalidad del hombre no está en la acumulación de riquezas, ni en el desarrollo de una tarea colectiva de rango superior. La finalidad del hombre es la salvación de su alma a través del cumplimiento de estos dos mandamientos. La evangelización fue entendida como una obligación para el gobernante y el gran motor de la expansión de esta visión del mundo.

La característica de este tipo de Cosmovisión es la igualdad de derechos y la idea de que todos somos hijos de Dios, con independencia de la raza, el color de la piel o la capacidad económica o el poder. (Animo al lector a que lea el clásico del teatro Español el Alcalde de Zalamea, donde un alcalde de un pueblo pequeño se enfrenta directamente al rey Felipe II, en cuyo imperio no se ponía el sol, y le dice aquella famosa frases que expresa la profundidad del pensamiento de esta cosmovisión:

«Al Rey, la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor….. El honor es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios«

Estas son, de manera muy resumida y tosca, las tres cosmovisiones que pienso que existen en el mundo actual. Un mundo en el que las dos primeras dan la sensación de ser las únicas y cada vez es más fuertemente enfrentadas. Mientras que la tercera (la nuestra), se encuentra inmersa en una «crisis de identidad», asumiendo postulados falsos y/o supuestamente más “progresistas” que la debilitan: leyenda negra, indigenismo, ideología de género, aborto, eutanasia,…etc. y que en nuestra idiosincrasia individualista, envidiosa y acomplejada funciona muy bien como elementos disgregadores.

A eso debemos añadir nuestro especial espíritu crítico que tiende a ver que lo ajeno siempre es mejor que lo propio y que lo nuestro es bueno si lo dice un extranjero. Por ejemplo, el caso de Santiago Ramón y Cajal, descubridor de las neuronas, sólo fue considerado como gran científico cuando recibió el premio Nobel de Medicina de manera muy sorprendente para sus compatriotas; o la Alhambra de Granada que tuvo que ser Washington Irving quien la descubriera para el mundo porque hasta entonces eran las cabras las que pastaban en el magnífico Patio de los Leones. Y como esos ejemplos muchos más de grandes desconocidos del mundo hispano sobre los que nadie ha hecho una película ni ha reconocido su gran aportación al avance de la humanidad. Maltratamos con mucha frecuencia lo nuestro, mientas otros con mucho menos mérito realizan un magnifico marketing.

Esto tiene que cambiar si no queremos perder nuestra identidad.

Ya va siendo hora de empezar a reivindicarse y dejar a un lado nuestro complejo de inferioridad. Es hora de despreciarse menos y quererse más. Comprendiendo que no somos perfectos, pero que somos una alternativa cultural y moral en este mundo que avanza hacia el conflicto, el enfrentamiento y la globalidad.

Es hora de poner en el centro, ahora más que nunca, al ser humano en su individualidad y su libertad. Es necesario un modelo distinto (y mejor) a los que en la actualidad se proponen desde las macroestructuras del poder mundial donde el individuo es una mercancía que en algunos contextos parece que sobra. No podemos autoexcluirnos de esta partida desarrollada a nivel mundial.

Por todo ello, esta Semana Santa puede ayudarnos a ver lo importante que es nuestra cultura, nuestros valores y nuestra tradición. Que nuestra manera de ver el mundo no es simplemente folclórica y caduca, sino profundamente humanística y actual. Una perspectiva necesaria en el mundo al que nos dirigimos llenos de tecnología y robótica. Debemos hacernos oír. Sobre todo desde un fuerte orgullo de nuestra tradición y cultura.

1 comentario

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